domingo, 1 de mayo de 2011

Ahí lo dejo



¿Qué me importaban sus labios por entregas y sus encelos sulfurosos? ¿Qué  me importaban sus extremidades de palmípedo y sus miradas de pronóstico reservado?
  
Desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina, volaba de comedor a  la despensa y con qué impaciencia yo esperaba que volviese, volando, de algún paseo por los alrededores! Allí lejos, perdido entre las nubes y a los pocos segundos, ya me abrazaba con sus piernas de pluma, para llevarme, volando, a cualquier parte.

    
Durante kilómetros de silencio planeábamos una caricia que nos aproximaba al paraíso; durante horas enteras nos anidábamos en una nube, como dos ángeles, y de repente, en tirabuzón, en hoja muerta, el aterrizaje forzoso de un espasmo.


 Después de conocer una mujer etérea, ¿puede brindarnos alguna clase de atractivos una mujer terrestre? ¿Verdad que no hay una diferencia sustancial entre vivir con una vaca o con una mujer que tenga las nalgas a setenta y ocho centímetros del suelo?


     Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender la seducción de un hombre pedestre, y por más empeño que ponga en concebirlo, no me es posible ni tan siquiera imaginar que pueda hacerse el amor más que volando.
 
 



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