Sally Normand observaba con sigilo las huellas del 43 que conducían hasta el comedor. Un escalofrío le hizo ver que la ventana de la cocina estaba abierta y sus cortinas de macedonia estaban manchadas de tierra naranja y césped amarillo. En esos instantes su casa pertenecía más a ese ente que a ella. No quiso hacer demasiado ruido y delatarse y esconderse en su minúscula cocina era ridículo. Quizás debía esperar su propia muerte con dignidad y entender que era su momento.Los pasos se movían frenéticamente por toda la casa, algo buscaban y algo le decía que sabían bien el qué. Se supo perdida entre su histerismo y no pudo musitar palabra. Cada paso retumbaba dentro de ella como una orquesta de tambores y por el ambiente lúgubre que provocaba la luz del porche, advirtió la sombra de quien dos minutos después la encontraría y la mataría. Quien dos años antes le prometía amor eterno.