jueves, 3 de febrero de 2011

vestigios de una civilización incivilizada

Sally Normand observaba con sigilo las huellas del 43 que conducían hasta el comedor. Un escalofrío le hizo ver que la ventana de la cocina estaba abierta y sus cortinas de macedonia estaban manchadas de tierra naranja y césped amarillo. En esos instantes su casa pertenecía más a ese ente que a ella. No quiso hacer demasiado ruido y delatarse y esconderse en su minúscula cocina era ridículo. Quizás debía esperar su propia muerte con dignidad y entender que era su momento.
Los pasos se movían frenéticamente por toda la casa, algo buscaban y algo le decía que sabían bien el qué. Se supo perdida entre su histerismo y no pudo musitar palabra. Cada paso retumbaba dentro de ella como una orquesta de tambores y por el ambiente lúgubre que provocaba la luz del porche, advirtió la sombra de quien dos minutos después la encontraría y la mataría. Quien dos años antes le prometía amor eterno.